Regresan los Sanfermines, vuelve Roca Rey: «Pamplona y yo conectamos por lo salvaje»

Por Zabala de la Serna y José Aymá

Casi tres años después, los encierros de San Fermín, la fiesta más universal, regresan con toda su fuerza. Como lo hace el astro peruano del toreo a la plaza que lo adoptó como suyo, a los escenarios que recorre días antes del chupinazo

Quién hubiera pensado que el último Pobre de mí duraría 1.088 días; dos años, 11 meses y 20 días se cumplirán cuando silbe el chupinazo desde aquel «Ya queda menos» que se entona entre Sanfermines. Un desierto devastador para la ciudad de la alegría que es Pamplona los 7 días más universales de la tierra desde que Dios creó el mundo.

Quién le habría dicho a Roca Rey que su último paseíllo en San Fermín se extendería 1.093 días; aquel 10 de julio de 2019, el inca al que Pamplona tiene por tótem abandonó la plaza lesionado, por primera vez no en hombros como solía y sin ni siquiera sospechar el tiempo en blanco que le esperaba hasta volver.

Vuelven a bramar los Sanfermines, regresa el rugido Roca Rey, el choque de ruidos silenciado por la pandemia. Bajo los vacíos tendidos de sol que las peñas habitarán con sus cánticos, RR alza la vista desde el ruedo de la Monumental dePamplona como si escuchase los gritos de guerra, la ranchera del Rey que le dedica una afición que lo adoptó desde la cuna, como al niño de la selva: «Será muy emocionante comprobar, después de una pandemia, después de tantas dudas y tanta incertidumbre, que la plaza no ha perdido su esencia». Y recuerda de pensamiento, palabra y omisión cómo una masa rojiblanca de hombres y mujeres se agita al son del Vals de Astráin y convulsiona su pasión por el toro, por sus costumbres, por el rito del toreo: «Ser de ellos, sentirte suyo y, al mismo tiempo, hacerlos tuyos es una pasada».

El 7 de julio, día grande de San Fermín, Roca Rey, único torero contratado dos tardes en esta Feria del Toro que ya viene, desfilará al lado de tres nombres del Olimpo: Pablo Hermoso de Mendoza, Morante de la Puebla y El Juli, el cartel que conmemora los 100 años de vida de la Monumental (1922). Hay en la interpretación de Roca Rey, en su modo de torear, estar y ser en la arena, algo salvaje que conectó siempre con el espíritu atávico sanferminero. «En una plaza como ésta te sientes libre, en ese estado de salvajismo que usted alude, sin ataduras ni obligado a guardar unas formas. Pamplona y yo tenemos esa conexión. Es verdad que normalmente se debe conservar un respeto, pero en el ruedo estás tú solo y el toro. Y has de expresarte libre, como te dé la gana, sacar lo que sientes tal y como lo llevas dentro. Si no lo haces ahí, ¿dónde lo vas a hacer? La tauromaquia es un arte en el que te estás jugando la vida, y jugarte la vida para complacer otros gustos no parece lo más indicado. En cualquier momento un toro te puede matar. Lo hemos visto no hace tanto».
«Maestro, tengo entradas para verte». Un veterano norteamericano, atrapado en el tiempo de Ernest Hemingway, diría que en su corpachón también, la barba blanca, la Leica colgada del cuello rebotando en su panza, las venillas vinateras de la nariz, asalta a Roca Rey, que dobla la curva de Estafeta con Mercaderes en el sentido inverso del encierro. En cada encuentro con la gente, y son muchos los encuentros desde la plaza de toros camino del Ayuntamiento, con un partidario, fan, follower ahora, al astro peruano que en Pamplona es un ídolo le atrapa una timidez incompatible con su descaro en los ruedos, esa arrogancia de los elegidos, la soberbia de Luis Miguel proclamándose el número 1 en Madrid.

-«¿Y tú vas a correr el encierro?», pregunta el turista con su arrastrado castellano.

-«¡Este año va a ser!», contesta el torero.

«Me arrepiento de no haber ido a los encierros hasta ahora. Los días de corrida me levanto muy tarde, así que me gustaría hacerlo el día antes o el día después. ¿Correrlo o simplemente verlo? Bueno, que pase el toro cerca pero que no me coja», bromea entre risas Roca Rey por las calles donde el vallado de traviesas y maderos va levantándose como si fuera el laberinto del Fauno. Antonio Ordóñez solía correr con los pastores, cerrando la manada. Andrés lo desconoce. Como la noche vertiginosa de Pamplona hasta que a las 8.00 suena el cohete en los corrales de Santo Domingo: «Me han hablado y algo he visto en vídeo. También parece salvaje. Para mí, toreando, es imposible trasnochar», concluye un hombre que a sus 25 años ocupa un trono como si fuera una jaula de oro.

Por el trayecto de los toros descubre entre los adoquines la señal de la concha del peregrino del Camino de Santiago -«¡esto es el Camino!»- y, como un crío que reconoce algo suyo, cuenta que él recorrió 200 kilómetros desde O’Cebreiro, en etapas de 30. Y en ese instante lo aborda una madre con su pequeño, un alevín de unos 7 años que quiere una fotografía para hacerla póster en su habitación. Como se tiene a los futbolistas de Osasuna, pero de un torero del Perú.

El periplo pamplonés que hemos dibujado para Roca Rey establece cuatro escenarios: ya hemos pasado por la plaza de toros y por la calle Estafeta, por donde curiosea, espigado como un ciprés, escaparates, balcones y tipos que le devuelven la mirada a través del cristal del vermú sabiendo quién es: «Buenas, maestro», se oye detrás de un pincho de chistorra. Queda la tercera estación del Vía Crucis que le supone posar ante la cámara de Aymá. Es en el balcón del Ayuntamiento, donde Juan Carlos Unzué lanzará el cohete por la esperanza, contra la ELA, el chupinazo más emocionante del siglo XXI, y prenderá el «¡Viva San Fermín!» más ansiado de la historia. Abajo, en la Plaza Consistorial, una marea humana anudará sus voces y atará miles de pañuelos rojos a sus gargantas, respondiendo de una sola vez: «¡Gora San Fermín!». Por la barandilla de la balconada, entre las banderas de Pamplona, España, Navarra y Europa, se asoma el torero como si proyectara en su mente el gentío del inminente 6 de julio. Hay cierto temor entre los funcionarios municipales a que las celebraciones se desboquen tras casi tres años de cautiverio. Como una cosa salvaje. Otra vez.

«Estás en forma», le suelta a bocajarro el alcalde Enrique Maya a Roca Rey, que responde con autoridad: «Vengo de torear en Bilbao». Y establecen una conversación de empatía y simpatía. Maya informa de que nació en Uruguay, como si así trenzara una mayor cercanía con el peruano. «¿Y qué hace por aquí?», le interroga el torero. «¿Qué hacía por allí más bien?», contesta el edil respondiendo divertido: «Yo decidí nacer donde estuviera mi madre». RR escanea la broma y la risa, como un extraterrestre, para detonar la suya. El interés de la conversación crece en el torero sorprendido de que Pamplona «sea tan pequeña» y más cuando se entera de que el propio alcalde preside la gran corrida del 7 de julio: «Dicen que soy exigente. Tú haz lo que quieras pero aquí lo importante es que mates bien». Roca es listo, por eso es máxima figura, y se trabaja la (segunda) oreja.

Afuera en la Plaza Consistorial una manifestación de jubilados -de perfil batasuno- protesta en euskera. Roca Rey vuelve a asomarse al balcón, pregunta en voz baja en qué idioma hablan y a continuación entra de nuevo, vacilón, en escena: «Oiga, alcalde, por aquí lo buscan». Enrique Maya carcajea, hace nones con el dedo índice de la mano derecha y le anuda el pañuelo rojo sanferminero. Por la puerta del salón de conferencias aparece el gobierno municipal para hacer las veces a tan insigne visitante. María Caballero, teniente de alcalde, hija de Tomás Caballero, asesinado por ETA en 1998, encabeza la delegación de concejalas y un concejal -no hay paridad hoy-, para hacerse una fotografía con la estrella del toreo. Y le conducen a una capilla secreta de San Fermín, una vidriera redonda que preside el oratorio oculto tras un tapiz móvil. Roca se santigua. «Que el santo te proteja».

La suite de Manolete en el histórico Hotel La Perla, la habitación que ocupó el Califa sin Trono en su última tarde en Pamplona -10 de julio de 1947- asombra a Roca Rey. Es la última estación del periplo. Rafael Moreno, su propietario, lo recibe con su bigote de coronel inglés y su señorío de lord. Tres habitaciones cuentan con nombre propio: la de Cayetano Ordóñez «El Niño de la Palma», padre de Antonio Ordóñez; la de Hemingway, que admiró al padre, se enamoró del hijo y universalizó los Sanfermines; y la de Manuel Rodríguez, que ocupa el pedestal mayor de los mitos taurómacos. Escudriña Roca Rey cada explicación con ojos de puma, con un interés inusitado, como nada ha despertado en él hasta ahora.

Las vistas del salón comedor del hotel a la calle Estafeta, con sus cristales blindados, funcionan como escaparates del encierro. Ver pasar la manada mientras humea el café del desayuno es privilegio de unos pocos. Como el que sienten los transeúntes que se aproximan a Roca Rey con rendida admiración. «Es una sensación diferente a la que siento en la plaza pero igual de emocionante. La gente se acerca por haberla emocionado o simplemente porque han visto algo que les ha gustado. Como torero o como persona. Lo más importante es la cantidad de caras jóvenes que vienen a mí, los niños que quieren tocarte», explica.

La habitación de Manolete trae la conversación de la muerte y la libertad -«jugarte la vida para complacer otros gustos no parece lo más indicado»-, el abismo de las creencias y la fe de quien se define «creyente pero no practicante», de quien viaja sin capilla ni pasa por las de las plazas. «Siento que si se le pide algo a alguien, hay que volver luego a agradecer. Normalmente todo el mundo pasa por la capilla para pedir, pero cuando salen con bien nadie regresa. Es injusto».

La idea del Más Allá para Roca Rey es confusa. «A mí me gustaría que fuera un sitio donde reencontrarte con todos tus seres queridos. Me encantaría decirle que se va al cielo, que todo es como la vida eterna que se cuenta en la Biblia y en esta religión que estudié en mi colegio de Lima. No sé si será eso o que simplemente se acaba todo. Como un apagón. Como si te sedasen. Y luego, como cuando te despiertas de una operación, no recuerdes nada. De lo que sí estoy seguro, es que la vida hay que disfrutarla al máximo, vivir el presente. Si algo enseña el toro es que en cualquier momento esto se puede fundir en negro».

De regreso a la Monumental, por la calle, por el camino del encierro, siguen los operarios levantando el laberinto del Fauno. Uno de ellos suelta la traviesa que soporta y le pide una fotografía a Roca Rey. Que vuelve a Pamplona 1.903 días después.